Males endémicos. De tarifas.

El pasado viernes 8 de junio asistí a la presentación de la Red Vértice en Barcelona. Para quien no lo sepa, se trata del paraguas bajo el cual se cobijan 16 asociaciones de traductores, correctores, intérpretes y escritores españolas, cada una de ellas con sus particularidades -lo cual, parece ser, imposibilita la creación de una única asociación que represente a todos sus miembros, tal y como lo expresaron algunos de los presentes- pero con los objetivos comunes de defender la presencia y el reconocimiento de estas profesiones en el mercado laboral, la calidad del trabajo y un código deontológico que rija las relaciones entre colegas  y con el cliente.

El viernes 15 también asistí a la III Jornada de Traducción e Interpretación en los Servicios Públicos en Cataluña de la UAB y el orden del día era bastante parecido. Los intérpretes que ejercen en servicios públicos (léase hospitales, juzgados y comisarías como ejemplos mayoritarios) reivindicaban una acreditación que reconozca su labor, asegure la calidad del servicio y de los profesionales, garantice la integridad física y moral del trabajador y otorgue reconocimiento y prestigio al colectivo.

En una España en la que casi el 40% de la fuerza laboral cuenta con un título universitario y un porcentaje casi tan elevado no tiene ningún tipo de estudios, donde, evidentemente, lo que faltan son titulados medios y oficio (tal y como apuntaba un artículo publicado en uno de los periódicos de tirada nacional ayer lunes 18 de junio) es casi utópico pretender que todos los profesionales licenciados, máster, postgraduados y doctorados ocupen puestos acordes con su preparación y sean por ello reconocidos como les ocurría todavía no hace tanto a los médicos, abogados o arquitectos de provincias. ¿Y de dónde venía ese reconocimiento? Más allá de la admiración que producía encontrarse dentro del área de influencia de una persona con estudios, el estatus venía dado por su poder adquisitivo. Regía aquí la ley de la oferta y la demanda, mucha demanda y poca oferta implica que es el prestador del servicio y no el cliente quien establece los precios. No nos engañemos pues, cuando reivindicamos el reconocimiento de tal o cual colectivo y admitamos que una parte importante de esta demanda tiene relación directa con los honorarios susceptibles de ser cargados por nuestros servicios. Pero huelga decir que las circunstancias actuales del mercado no se parecen en nada a las de hace 50 años y, si bien la fase de globalización en la que nos encontramos es una noticia positiva para el sector, no debemos olvidar que la oferta de nuestros servicios probablemente haya crecido en la misma medida que la demanda (siendo optimistas). Ciertamente, el libre mercado prohíbe el establecimiento de unas tarifas  (mínimas o máximas, para el caso lo mismo da) por nuestros servicios, y de ahí el revuelo generado la semana pasada entre el colectivo de traductores asustado por las medidas que el gobierno ha adoptado ante las prácticas “ilícitas” de fotógrafos y guías turísticos en este sentido (no entraré 😉 ahora a valorar el afán recaudador de un gobierno que pretende una segunda subida del IVA en menos de dos años, se dedica a subir tasas universitarias y eliminar fuerza docente, rescata a los bancos en vez de a los trabajadores de este país  y, en resumidas cuentas, es antropófago por antonomasia y no ve más allá de sus narices porque está concentrado en el pan para hoy), como decía, si bien es cierto que el libre mercado prohíbe el establecimiento de unas tarifas fijas, también es verdad que este sistema es amigo íntimo de la competencia desleal, y es de humanos y de seres sociales querer establecer unas reglas del juego que nos permitan a todos jugar “en igualdad de condiciones”. No pretendemos por tanto la creación de un monopolio de tarifas y obligar al cliente a “pasar por el aro” pero sí establecer unas limitaciones que permitan participar a todos del pastel haciendo posible que quien lo desee pueda ofrecer otros valores añadidos, además del precio del producto, como la calidad, el servicio, etc. y seguir pudiendo vivir de su trabajo.

Pero otra consecuencia palpable del libre mercado en nuestro país es el ocultismo, sí, el ocultismo frente a la competencia en lo referente a los honorarios. Al fin y al cabo, en una industria en la que el producto que vendemos inicialmente no es visible y, en cualquier caso, el valor que se le otorga puede ser tan subjetivo y depende de tantas circunstancias, el precio es lo único real, es la imagen que conquista; de la misma manera que una persona “objetivamente” guapa posee una fantástica tarjeta de visita que le abrirá probablemente muchas puertas independientemente de su “belleza interior” y que una persona menos agraciada tendrá que luchar un poquito más para dar a conocer su valor intrínseco. Si el profesional entiende sus honorarios como su última baza ante el cliente y por ello los defiende a capa y espada frente al “peligro” de que se hagan públicos y el gobierno apoya ¿sin querer? estas prácticas, poco vamos a poder hacer por el reconocimiento social del colectivo, antes debemos barrer nuestra casa, porque mucho se habla de reclamar unas tarifas justas pero pocos se ponen de acuerdo sobre cuáles son esas tarifas, o hablan de las que cada uno aplica en su quehacer diario.

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One response to “Males endémicos. De tarifas.”

  1. Isabel says :

    Totalmente de acuerdo. Una cosa es que el mercado se vaya pudriendo y otra muy distinta que desde las propias asociaciones contribuyamos a extender la gangrena. Sé que es es difícil para las juntas tomar decisiones de censura, pero, si las cosas siguen así, tendrán que planteárselo. Por el momento, podemos ayudarles protestando y señalando en las propias listas.

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